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Cómo inspirar tu creatividad literaria sin salir de casa

Te propongo una actividad literaria sencilla pero muy potente para inspirarte y mejorar la sensorialidad de tus textos.

Más de un mes sin salir de casa más que para lo indispensable. Quién nos iba a decir que íbamos a vivir esto. Sé que no es fácil, que las emociones suben y bajan de un momento a otro.

Un instante estás decidido a escribir una novela o hasta una trilogía y al cabo de unos minutos no te sientes capaz ni de componer una sola frase.

Te entiendo, de verdad. Y no voy a presionarte para que aproveches el tiempo para escribir, porque precisamente nuestra noción del tiempo es uno de los aspectos que más está transformando este confinamiento.

Pienso que no es momento de seguir corriendo ni de sentirse obligado a que cada minuto sea productivo. No: es hora de volverse hacia uno mismo, de respetar tus propios ritmos y de repensar prioridades. Al menos así lo veo yo.

Cómo inspirar tu creatividad literaria sin salir de casa

Sé que, para ti, escribir es algo prioritario. No es tu trabajo, ni está en tu agenda. No. Es una prioridad de esas que te llaman por dentro. Una vocecita que muchas veces te niegas a escuchar pero que ahora, sin tráfico ni prisas ni compromisos sociales, empiezas a oír. Escúchala, por favor. Es el artista juguetón que vive dentro de ti. Y te está diciendo que tu alma necesita crear.

¿Qué tal si juegas un rato con esa parte de ti? He preparado una propuesta que te gustará. Es una actividad sencilla pero muy potente a nivel creativo, que puedes hacer sin moverte de casa.

Ahí va mi idea para inspirar tu creatividad literaria sin salir de casa:

Viajar con la nariz

Es algo en lo que suelo insistir en mis cursos y en los artículos de mi blog: escribir es una tarea sensorial. Para trasladar a tus lectores a un determinado ambiente necesitas despertar sus sentidos. Uno de los más potentes, sobre todo por su capacidad de evocación, es el sentido del olfato. Así que lo vamos a ejercitar.

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Venga, te vas de excursión a la cocina. No te preocupes, no vas a tener que guisar. Quiero que abras los armarios y cajones de tu despensa. Hazlo sin prisa, revisando con la vista todo el contenido. Fíjate en todo aquello que pueda desprender un olor intenso. Las especias, la miel, la mermelada, las infusiones, la fruta, el aceite.

Si te apetece escribir algo que sea más abyecto o quieres hacer sufrir a tus personajes, puedes buscar alternativas menos agradables. Ese queso azul que tienes metido en un táper hermético, el vinagre, los filetes que llevan un día de más en la nevera, la naranja que azulea al fondo del frutero.

Tú eliges. A mí el olor de la miel me fascina, pero ya te digo que puede servirte cualquier ingrediente con tal de que tenga un olor intenso.

Bien, después de probar unos cuantos aromas, elige uno.

Ahora dedícale al menos un par de minutos. Cierra los ojos y huélelo. Varias veces, sin prisa.

A continuación, anota las palabras que se te vayan ocurriendo. Pueden ser adjetivos, verbos, nombres. Da igual. No se trata de que intentes describir el aroma, sino de que te dejes llevar por él a unas cuantas palabras. Sin pensar mucho, sin racionalizar, dejando que tu nariz te arrastre.

Repite la operación un par de veces, cuantas más palabras consigas, mejor.

Sin guardar todavía tu ingrediente de inspiración, acercándotelo a la nariz tantas veces como necesites, intenta responder a estas preguntas:

  • ¿Dónde está?
  • ¿De quién es?
  • ¿Cómo se siente esa persona?

A continuación, utiliza las palabras que has escrito y tus respuestas a las preguntas para redactar un texto breve. Preferiblemente una escena en la que muestres al menos a un personaje. Que haya algo de acción, no solo descripción.

Por último, comparte lo que has escrito en los comentarios al final de este artículo. Muero de ganas de saber qué ingrediente has elegido y a dónde te ha llevado. No sientas vergüenza, es tan solo un juego y me encantará que lo compartas conmigo.

8 Comentarios
  • JULIO GARPI
    Publicado a las 10:38h, 05 mayo Responder

    El Chocolate del Guerrero
    Aún dolía la última pedrada recibida, aunque, era mayor el dolor por el orgullo perdido por haber tenido que salir huyendo del vertedero.
    Cipri intentaba consolarnos a todos.
    Aquel tipo alto y desgarbado, con el pelo del color del cobre, que nos sacaba a todos más de una cabeza, era el que más pedradas recibía por su altura, pero también era, el que más acertaba en el bando enemigo.
    Siempre era el que infundía ánimos en las derrotas, también el que con más algarabía celebraba las victorias.
    Aquella tarde nos había tocado perder, salíamos huyendo cabizbajos del vertedero.
    Al llegar a casa de Cipri, Rosa, su madre, nos esperaba en el rellano, era alta y delgada como él, con el cabello blanco y unos celestes y hermosos ojos, qué le daban un cierto aire Nórdico.
    Al vernos llegar en aquel estado físico y anímico, lejos de regañarnos, nos revisaba uno a uno nuestras heridas sufridas en la contienda.
    Tras unas ligeras curas, con una gasa empapada en agua oxigenada, que provocaba que a más de uno se le saltaran las lagrimas del escozor.
    Con una voz dulce, nos consolaba diciéndonos, que nos prepararía a todos un bocadillo.
    Y tras unos minutos de ausencia, que a nosotros se nos hacían eternos.
    Se presentaba con varias piezas de pan blanco, que había calentado ligeramente, no sin antes haber introducido en su interior una onza de chocolate.
    El pan recién horneado, con su onza de chocolate suavemente fundida en su interior, desprendía un olor que se quedaba flotando en el aire.
    Aquel dulce y nutritivo bocadillo, preparado con el amor de una madre, tenía el don de acallar nuestras quejas y aflicciones.
    Consiguiendo hacer rugir nuestros estómagos, como si se hubiera desatado una tormenta de verano.
    La boca se nos hacía agua solo de pensar en el inconfundible sabor del chocolate con leche semiderretido , en aquel pan hecho en horno de leña , que ,Rosa, había calentado lo justo para que el fruto del cacao y el pan se fundieran , como dos amantes en su primer encuentro.
    Cuando, Rosa, nos lo iba repartiendo a cada uno de nosotros .siempre nos hacía la misma pregunta, si nos habíamos lavado las manos?
    Lo recibíamos como el guerrero que al final de la jornada, tras una dura batalla, recibe su merecida recompensa.
    Y todos sin excepción, tras haber digerido ya parte de tan suculento y sencillo sustento.
    Nos mirábamos con una expresión, mezcla de gusto y euforia.
    Y casi al unísono gritábamos:
    Mañana los machacaremos…

    • Sara Suberviola
      Publicado a las 08:23h, 08 mayo Responder

      ¡Buen trabajo, Julio! Qué ganas dan de pegarle un bocado a ese bocadillo caliente de chocolate. Has trabajado bien el tema sensorial, pero no solo eso. El principio y el final están genial. El principio porque al omitir datos invitas al lector a querer saber más, y el final porque el grito le da mucha fuerza y además crea un efecto circular, de vuelta a empezar. Veo alguna frase cortada y algunas comas que no deberían estar ahí, pero la historia está bien construida. Enhorabuena 🙂

      • JULIO GARPI
        Publicado a las 08:36h, 11 mayo Responder

        Gracias Sara , mi eterna lucha con las comas , eso es algo que siempre me pasa , a veces por exceso , la mayor de las veces por defecto, intentare mejorarlo , gracias por el comentario.

        • Sara Suberviola
          Publicado a las 09:56h, 12 mayo Responder

          Es una lucha muy común, no te apures. ¡Gracias a ti!

  • marga
    Publicado a las 20:30h, 23 abril Responder

    Carlitos tenía antojo de nocilla,. siempre le pasaba después de bañarse; tanto movimiento dentro del agua le abría el apetito. Así que salió del agua subiendo por las escaleras que chirriaban, cogió la suave toalla azul y blanca que estaba estirada cuidadosamente en el césped, y le dijo a su madre que tenía que ir al lavabo: -«Sécate antes de entrar en casa!»- le advirtió ésta. Al llegar a la puerta Carlitos movió la cabecita hacia los lados, para secarse las gotas que le iban cayendo, y se sentó en la silla de la entrada para secarse bien los pies; no quería otra regañina de mamá, como la del día anterior. Sigilosamente entró en la cocina, donde el olor a bizcocho de limón que se estaba cociendo en el horno era más que evidente; ese aroma aún le abrió más el hambre. Cogió el taburete de madera de debajo de la mesa y se subió, para poder llegar a la estantería donde se encontraba la nocilla. Estiró el brazo, agarró el bote, y como la mano estaba un poco húmeda se le resbaló, cayéndose al suelo causando un fuerte ruido. En aquel momento su madre estaba entrando en casa, y la oyó gritar: -» qué ha sido eso?»- mientras escuchaba los pasos de sus chanclas acercándose. Demasiado tarde para escapar; hoy tampoco se libraba de bronca..

    • Sara Suberviola
      Publicado a las 08:41h, 28 abril Responder

      ¡Hola, Marga! Muchas gracias por compartir tu texto, has construido una escena muy entrañable 🙂 Pobre Carlitos, al final se queda sin probar la Nocilla, me ha dado pena.
      Has escrito una buena descripción, al leer me he sentido en la piel de Carlitos intentando coger el bote sin que le pillen. Además, me gusta que uses solo su punto de vista, siendo la mamá tan solo la amenaza de bronca, sin añadir coletillas didácticas sobre lo malo que es comer demasiado azúcar.
      Fíjate: la Nocilla es el elemento central, el objeto de deseo, y sin embargo no te refieres en ningún momento a sus cualidades sensoriales. Te lo comento solo para que tomes consciencia de ello, no como corrección. Si te apetece puedes probar a añadir alguna pincelada sensorial de la Nocilla, anticipando su sabor o su textura en la boca de Carlitos.
      ¡Gracias, Marga! Ha sido muy agradable esta pequeña excursión a los veranos de la infancia.
      Un beso,

      Sara

  • ENRIQUE
    Publicado a las 23:05h, 21 abril Responder

    . Vimos la presa de Sotuba, que marca el final del río superior. Desde allí el Niger baja 300 metros en solo 60 km con sus rápidos hasta la presa de Makmala. Al bajar, nos encontramos un control militar, y hubo que volver a pagar. El guía nos enseñó una placa que indica que en esa casa se alojó Marco Polo. Visitamos una biblioteca donde vimos manuscritos, tablillas escritas en árabe, hebreo y castellano, en total unos 3000 volúmenes. Tras ver las mezquitas de Djingaregher y Sankoré y tras recorrer toda la ciudad, cuando el calor apretaba, pudimos buscar un lugar a la sombra donde tomar un delicioso té verde, amargo y dulce al mismo tiempo que nos quitó la sed. Un té que tenía una gran variedad de matices olfativos, retrolfativos con sabores frutales, especiados, florales, vegetales. Yo disfrutaba con el té, era una bebida de placer, para tomar con tranquilidad. Saboreando y oliendo su fragancia. Me gustaba apreciar el bello color verde del té, su sabor inigualable. Me gustaba darle un sorbo, mantenerlo caliente en los carrillos; ahí es cuando mejor se aprecian los mejores aromas del té. Según baja hacia la garganta, al agitarlo en tu cavidad oral notaba todo su sabor, su dulzura, su punto de amargor, su ligereza y viveza. Cuando ya tragas, es dónde se aprecia en plenitud el sabor de amargor o dulzor. Los buenos tés dejan fragancia, sabor, armonía y un suave sabor astringente, con su punto dulce, penetrante, con cuerpo

    • Sara Suberviola
      Publicado a las 08:29h, 28 abril Responder

      ¡Hola, Enrique! Muchas gracias por compartir tu texto. Te hago algunos comentarios.
      – Me gusta el recorrido al principio, nos sitúa en un espacio concreto sin detenerse demasiado. Además ayuda a generar la sensación de paz que les da el té después de un largo viaje. Eso sí, tal y como lo has escrito parece que los protagonistas vieron los 3000 volúmenes 😉
      – Tu descripción del té es sensorial, pero podría ser más concreta. Me refiero por ejemplo a cuando dices «frutales, especiados, florales, vegetales». Concrétame una de esas frutas, una de esas especias, una de esas flores, así como lectora comprenderé mejor las sensaciones.
      – Cuidado con algunos adjetivos que no ayudan a imaginarse las sensaciones, como «bello» o «inigualable», tienen connotaciones positivas pero en realidad no invitan a imaginar nada.
      – Es buena idea explicar lo de los carrillos y la garganta, ayuda a situar la bebida en la boca de cada uno.
      – Revisa algunas expresiones que resultan algo forzadas, como «cavidad oral». Nadie se expresa en estos términos (a no ser que hayas construido un personaje que sí, cosa que no veo).

      Espero haberte ayudado, un fuerte abrazo.

      Sara

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