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pequeño lector explorador

El lector, hombre de acción. Invitación a una reflexión filosófica sobre la lectura

Existe en la imaginación colectiva la figura del lector despistado. Alguien que consume libros para alejarse del mundo. Cuya presencia es siempre como de media tinta. Sus pies pisan el suelo pero su cabeza anda en otra parte. Ese sabio distraído que por mirar las estrellas no ve el pozo al que está punto de caer.

Sin embargo, en contra de este tópico quiero defender la idea de que un lector es, siempre, un hombre de acción. Uno de esos exploradores que trazaban sus propios mapas sobre el papel. Tranquilo, no hace falta que te pongas en plan Indiana Jones para demostrar que a lector no te gana nadie.

Lo que intento, sencillamente, es invitarte a una reflexión un poco más profunda sobre qué significa leer y en qué consiste la lectura.

Un pequeño desliz hacia la especulación filosófica en estos tiempos en los que parece que todo lo que hacemos tiene que ser práctico, útil y -por supuesto- sano. Una ojeada a las estrellas porque sí. ¿Qué? ¿Te apuntas?

Vamos a empezar por preguntarnos para qué sirven las palabras. Las respuestas más rápidas serían “para describir el mundo”, “para expresarnos” o “para comunicarnos entre nosotros”. Ninguna es incorrecta, pero tampoco suficiente. Escribir y hablar son algo más que estas funciones pasivas. Los libros no son meros espejos del mundo o de nosotros mismos. Con las palabras llevamos a cabo acciones todos los días (para profundizar sobre este tema es lectura obligada el libro ‘Cómo hacer cosas con palabras’, de J.L. Austin.).

Un ejemplo claro de esto es la promesa. En ella usamos las palabras no para describir nada, sino para comprometer nuestros actos. ¿Y qué es el derecho si no palabras? Los derechos no son descritos por palabras, son creados por ellas.

Ahora daremos un paso más allá para ver que leer es también mucho más que recibir información de forma pasiva. En este sentido son muy interesantes propuestas como la de Barthes en ‘De la obra al texto’, que equipara la lectura de un libro a la interpretación de una partitura. Cada vez que se ejecuta suena distinta, sin dejar de ser la misma. Leer requiere la implicación del lector. Sin él, no hay libro. Nosotros componemos las lagunas que dejan las palabras con nuestra imaginación. Simplificando un poco, diré que todas las escaleras que aparecían en los libros que leía de niña se parecían a las de casa de mi tía. Nadie más situaba ahí sus escenas. Nadie más las recuerda igual.

Esa es la magia de la lectura, siempre nueva y distinta. Cuando leemos, el autor nos obliga a cambiar nuestro punto de vista. Nos ponemos en la piel de narradores y protagonistas, y acostumbramos a nuestra mente a mirar el mundo de otras maneras. Podríamos decir que leer abre en este sentido nuestra mente. Como lo hace cada palabra nueva que aprendemos. Tenemos cinco sentidos para percibir el mundo, pero solo las palabras para comprenderlo. Cada vez que aprendemos una nueva es como si descubriéramos un nuevo matiz de sabor. Cada nuevo personaje es una forma distinta de afrontar las cosas que nos ocurrirán o de interpretar las que nos han sucedido. Las personas que leen mucho no están lejos del mundo, sino cada vez más cerca de él. La amenaza no es el pozo al que podemos caer si vamos mirando las estrellas. La amenaza es olvidarlas y hacer, del mundo, un pozo.


Este artículo fue publicado en el blog de Boolino, donde colaboramos escribiendo sobre cuentos infantiles, lectura e imaginación.

¿Quieres leer el artículo anterior de esta colaboración? Es un Manual de uso de los libros infantiles para adultos poco imaginativos

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