Volver arriba

Juegos para entrenar tu creatividad literaria mientras caminas por la calle (y III)

Presta atención a los sentidos y conseguirás trasladar al lector al mundo que has creado para él

Cuando escribimos una historia, queremos que nuestros lectores la perciban como si fuera real. Hemos creado un mundo para el lector e intentamos trasladarlo a él, que sienta que está ahí en persona.

Para lograrlo, necesitamos la verosimilitud , de la que he hablado en artículos como este. Hay varias maneras de favorecer la verosimilitud de nuestras historias. Una de ellas es el uso de palabras sensoriales.

Los sentidos son nuestras herramientas para percibir el mundo, por eso si los potenciamos estamos multiplicando la sensación de realidad que experimentan nuestros lectores.

Esto es precisamente lo que busca el ejercicio que te propongo hoy: practicar con las palabras sensoriales para acostumbrarte a utilizarlas cuando escribas.

Esta propuesta es la tercera y última de la serie Juegos para entrenar tu creatividad literaria mientras vas por la calle. Si todavía no has leído los dos primeros ejercicios, al final de este artículo te dejo los enlaces.

Vamos con el juego de hoy, al que he llamado Concentración sensorial. Puedes ponerlo en práctica en cualquier sitio: un banco en la calle, un probador de una tienda de ropa, la cola de la frutería…

JUEGO NÚMERO 3: CONCENTRACIÓN SENSORIAL

 

Lo que tienes que hacer es elegir uno de los cinco sentidos y concentrarte en él. La vista es el que más usamos, así que te aconsejo utilizar otro para este caso. El olfato y el oído pueden ser buenas elecciones.

Cierra un momentito los ojos y concéntrate en los olores o los sonidos a tu alrededor. ¿A qué huele? ¿Te resulta agradable o desagradable? O bien: ¿Qué oyes? ¿Eres capaz de identificar todos los sonidos?

Ahora, apunta las sensaciones que has percibido con tanto detalle como sea posible. Por ejemplo, has podido oler la tortilla de patatas del restaurante de al lado, y a la vez el potente ambientador de pino de la tienda contigua, y el perfume empalagoso de esa señora, y el olor a perro mojado del caniche que la acompañaba…

A continuación, déjate llevar a otro lugar por esos olores. Imagina una escena en la que todos esos aromas se mezclen pero que te traslade a un entorno distinto.

¿Quieres desbloquear tu creatividad? Echa un vistazo a mis

cursos online para disfrutar escribiendo

Por último, escribe unas pocas líneas describiendo ese nuevo espacio que se acaba de crear en tu mente.

Esto es lo que me ha salido a mí con los olores que te he puesto de ejemplo:

La tía Encarna se acercó a mí para besarme a su manera: sin llegar a rozarme la mejilla. Noté que se había rociado con aquel perfume carísimo que usaba como la más vulgar agua de colonia. Pero su bata de seda seguía oliendo a fritanga y el jabón de pino no hacía más agradable el olor a perro húmedo que desprendía su querido Charles, el caniche desdentado y casi ciego que llevaba en brazos a todas partes.

¿Qué? ¿Te animas a probar? Déjate inspirar por tus sentidos y comparte tu texto en los comentarios, me encantará dejarme llevar por tus palabras hasta donde tú quieras.

Estos son los dos juegos anteriores:

4 Comentarios
  • Samu
    Publicado a las 09:38h, 08 julio Responder

    ¡Hola Sara!
    Te comparto el resultado de mi ejercicio:
    «Recogí un par de cartones enmohecidos y todavía húmedos por la lluvia del día anterior, no sabía si usarlos para cubrirme o para hacer fuego, lo segundo fue lo que elegí. Le agregué unos palos, el crepitar era hipnotizante, ese fuego no duraría tanto pero iba a aprovecharlo al máximo porque después de eso solo tendría calor por un par de horas. El olor del humo me recordó la salamandra sureña en casa de mi abuela y las tortillas que solía hacer.

    Arriba del techo del paradero de buses encontré un colchón lleno de pulgas, manchado de sudor y negro de mugre de quizás cuantos otros que, como yo, descansaron en él ante la gélida mirada de una clara luna. Los grillos iniciaron su concierto, maravilloso fue oírlos, hasta me pareció que cantaban la “oda al vagabundo”.

    Llegó el Flaco Marcelo se acercó al fuego, me saludó y sacó de un bolsillo una petaca de ron, del más barato, sabía peor que jarabe para la tos. Luego llegó el Terry, traía pan y mortadela que le regalaron en un almacén. Nunca había encontrado tan rica la Mortadela Lisa, pero me la comí con gusto, en parte por el hambre que me consumía, en parte para no ser descortés. Yo guardé un pan para la Rucia, que apareció con un bolso lleno de ropa que le regaló una vieja del barrio alto. Entre los que estábamos ahí nos repartimos las prendas, aún impregnadas de los caros perfumes de sus antiguos dueños. Sacó también una frazada, que aunque tenía un leve olor a orín, no importó porque compartí con la Rucia un lado de mi colchón. Esa noche nos dimos calor en todas las formas imaginables, y cuando ya estábamos exhaustos, se nos unió el Charly, nuestro fiel amigo perro callejero, viejo y no tan apestoso como nosotros, que sólo quería un poco de cariño. Lo acogimos en el colchón para que nos sirviera de guatero».

    ¡Gracias por compartir tus enseñanzas!

    Saludos,

    Samu.

    • Sara Suberviola
      Publicado a las 08:28h, 10 julio Responder

      ¡Hola, Samu! Le estás sacando partido a tus viajes en transporte público, ¿eh? 😉 Buen ejercicio, está repleto de palabras sensoriales y uno consigue ponerse en la piel del narrador. Creo que lo mejor del relato es cómo, en un contexto de incomodidades y malos olores, has descrito una escena que el protagonista vive incluso como una buena noche. Me gustan especialmente frases como «en parte para no ser descortés» y «nos dimos calor en todas las formas imaginables», así como los nombres que les has puesto a los personajes. La casa de la abuela, el gusto por la música y los buenos modales del narrador me invitan además a imaginar cómo era su vida antes de vivir en la calle y cómo ha llegado a ella, me dan ganas de saber más. ¡Muchas gracias por compartirlo!

  • ISABEL VERGARA
    Publicado a las 20:31h, 02 julio Responder

    LA “ROSQUERA”
    Desde siempre me ha gustado hacer postres y dulces. Sin embargo, y aunque mi familia siempre dice que me salen buenísimos, sigo sin encontrarle el sabor que tenía los que hacía mi madre. Ella no era una gran cocinera. Tampoco le atraía la repostería. Simplemente, al pueblo llegaron unas cacerolas con un agujero en medio que se hicieron famosas. Solamente había que hacer la masa, se ponía en la hornilla y cualquiera podía hacer un bizcocho. Naturalmente casi todas las madres del momento compraron la fantástica “rosquera”, como la solíamos llamar. La receta del dulce corrió de casa en casa para que, cuando saliéramos del colegio tuviésemos nuestro vaso de cola-cao y un trozo del maravilloso bizcocho. Que por otro lado, era fácil de hacer y no necesitaba horno. A todos nos encantaba aquel dulce esponjoso y dorado que cuando se disolvía en la boca te dejaba un gusto indescifrable, entre canela y naranja, y la boca tan jugosa que deseabas seguir degustando aquel suave sabor. Con el tiempo, como todo pasa, pasó la moda de la “rosquera”, empezaron a surgir pastelerías y todo un mundo de nuevos sabores y formas, en lo que se refiere a la repostería. También pasó nuestra infancia y poco a poco fuimos creciendo. Cuando me convertí en madre quise hacerles a mis niños bizcochos como los que mi madre me había preparado a mí. En mi casa, como en la mayoría, sí teníamos horno, hice muchos tipos de tartas y bizcochos, pero un día se me ocurrió hacer aquel que recordaba de mi niñez. Fui a ver a mi madre con libreta y lápiz en mano dispuesta a copiar aquella antigua receta que ella me dictó encantada. Hasta compré un bonito molde redondo con el agujero en medio, que nada tenía que ver con la añorada “rosquera”. Aún así, cuando salió del horno, mi bizcocho estaba precioso, dorado y redondo como yo recordaba los de mi infancia. Una vez que se hubo enfriado corté un trozo y me dispuse a probarlo, deseando evocar en mi presente los sabores del pasado. Obviamente no me transportó a mi niñez porque no tenía aquel soñado sabor. Estaba bueno y jugoso, pero el recuerdo de mi mente nada tenía que ver con lo que estaba probando, no me quedaba en el paladar aquel regusto, aquella sensación de querer seguir paladeando. Mis hijos estaban encantados y se lo comieron rápidamente. Yo oculté mi decepción y me preguntaba qué habría hecho mal. Cuando estaba en la cama volví a recordar aquella época y entonces descubrí qué le había faltado al bizcocho… El tiempo, el momento. Llegué a la conclusión de que aquel sabor que me traía la mente era un recuerdo de una bonita etapa vivida, y por mucho que se den algunas situaciones parecidas nada puede saber como sabía en aquellos momentos. Los sabores, como los sueños, se magnifican con los recuerdos.

    • Sara Suberviola
      Publicado a las 08:45h, 03 julio Responder

      ¡Hola, Isabel!
      Has conseguido transmitir un montón de sensaciones, por un instante he notado el sabor perdido del bizcocho en la lengua. También es muy intensa (casi desgarradora) la reflexión sobre los años perdidos, que le da profundidad al texto.
      Creo que podrías potenciar todavía más estas dos virtudes con algunos ajustes.
      Se me ocurre que podrías guardar para el final el hecho de que a la narradora no le salga igual la receta, de este modo le darías más fuerza a la idea de fondo: tiempo que se va no vuelve. Y este efecto se vería multiplicado si, en lugar de plantearlo como un pensamiento abstracto y general que se le ocurre en la cama, presentas esta información de otra manera (por ejemplo, una brevísima frase de su madre).
      Solo son un par de ideas por si deseas editar el texto, pero el objetivo del ejercicio, que era despertar los sentidos, está más que conseguido.
      Me encantará seguir leyéndote por aquí, ¡muchas gracias por compartir este delicioso recuerdo!

Publicar comentario