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Por qué demasiado realismo puede estropear tu ficción narrativa

Ficción y realidad pueden parecerse, pero nunca demasiado. Por muy realista que sea la historia que quieres contar, no olvides estas tres diferencias entre realidad y ficción.

Seguro que has caído más de una vez en este manido cliché: “la realidad supera la ficción”. Ojo, que ni por ser cliché ni por ser manido es falso. Más bien es una verdad como un puño con el que nos golpea la realidad cada vez que se pone creativa.

Sí, es así, la realidad toma a veces formas tan disparatadas que ni el más imaginativo de los escritores ha sido capaz de vislumbrarlas en su mente. Hay personas que son atravesadas por varios rayos y siguen vivas, gente que despierta después de haber estado literalmente muerta, flores que sobreviven a erupciones volcánicas y pollos que viven varios meses sin cabeza (sí, en serio).

Tal vez detrás de estos hechos insólitos encuentres una historia que contar, una ficción con la que devolverle al mundo una parte de esa sensación de maravilla que te ha regalado. Pero, tanto si es así como si tu historia está mucho más cerca de la vida ordinaria, no deberías dejarte llevar en exceso por el realismo. Corres el riesgo de estropear tu ficción.

Por qué el realismo puede estropear tu ficción narrativa

La ficción narrativa tiene sus propios códigos. Por muy realista que pretenda ser una historia, es ante todo eso: un relato de ficción. Y, como tal, ha de cumplir algunas pautas que no le exigimos a la realidad, que va por libre.

Estos son tres rasgos de la ficción que no comparte con la realidad, incúmplelos solo si quieres estropear tu historia:

  • 1) Diálogos significativos

Los diálogos, en ficción, tienen algunas misiones fundamentales. Entre las más importantes figuran el ritmo, la caracterización de personajes y el avance de la trama. Para que un diálogo sea bueno, además, ha de sonar natural. Es decir, ha de parecer que de verdad lo están pronunciando personas reales. Insisto: parecer. Esto afecta al vocabulario, al tono, a la longitud de las frases y a unos cuantos factores más. Sin embargo, los diálogos literarios están muy lejos de ser transcripciones de conversaciones reales. Si lo fueran (o cuando lo son) resultarían aburridos, innecesarios y, en ocasiones, hasta incomprensibles.

Cuando trabajaba como periodista en una agencia de noticias y cubría ruedas de prensa de políticos, tuve ocasión de comprobarlo. Al llegar a la redacción, tecleaba las declaraciones del entonces presidente de mi región. En persona, yo había entendido (casi siempre) el mensaje que él trasladaba en las respuestas a los medios. Sin embargo, no podía publicar sus palabras tal cual. La transcripción estaba llena de inconcordancias, frases cortadas y subordinadas que se habían quedado sin terminar. Me veía obligada a editar sus declaraciones si quería que los lectores entendieran algo. Sí, periodismo y literatura son géneros distintos (algún día escribiré también sobre sus diferencias), pero creo que este ejemplo sirve para ilustrar el abismo entre la oralidad real y las palabras ordenadas por escrito.

Cuando escribas una historia de ficción, los diálogos tienen que sonar naturales, tienen que parecer reales, pero no serlo. Omite todo aquello que no aporte nada a tu historia, retira todos los balbuceos que no sean significativos. Cárgate todo lo que esté de más si no quieres que tu lector salga por patas o te haga la cruz para siempre.

  • 2) Verosimilitud por encima de todo

La verosimilitud es la cualidad que hace que una historia de ficción resulte creíble. Esto poco tiene que ver con el realismo. Una historia de marcianos enloquecidos puede ser perfectamente verosímil, mientras que un retrato realista de un matrimonio normal y corriente puede resultar de lo más inverosímil si el autor no presta la suficiente atención a este punto.

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La verosimilitud tiene más que ver con la coherencia, con la lógica interna del relato. Si tú me has presentado a Fulanito como un hombre tímido y reservado, con problemas de sociabilidad, en unas páginas no puede convertirse por arte de magia en el rey de la fiesta, ese al que le hacen corro para escuchar sus anécdotas o con el que todos quieren bailar. Vale, puedes pasar de un punto a otro, pero tienes que justificarlo: has de explicarme cómo ha tenido lugar ese cambio o no me lo creeré. Sin embargo, si nos moviéramos en tierras reales, podría ocurrir perfectamente que yo de pronto viera a Fulanito ser otra persona, sin que nadie me hubiera explicado por qué.

  • 3) El ineludible final

Lo estudiaste mil veces en el colegio, pero nunca está de más recordarlo (muchos escritores principiantes, de hecho, parecen olvidarlo): toda historia tiene un principio y un final. Presentación, nudo y desenlace. Esas son las partes de los relatos de ficción, sea cual sea su extensión. Puedes reordenarlas, intercalarlas, reinventarlas. Pero no puedes ignorarlas o lo que escribas será otra cosa, no una historia.

Sin embargo, a diferencia de la ficción, la realidad es mucho más fluida. Que una historia real tenga un principio o un final es una imposición que hacemos nosotros como observadores. Incluso en la vida de una persona influyen factores que se gestaron antes de su nacimiento y consecuencias que se siguen desarrollando después de su muerte. Pero una biografía no es la vida de una persona, es la escritura de su vida, es una historia y como tal está sometida a las normas de la ficción.

Existen múltiples tipos de finales en la ficción. Puedes escribir un final cerrado, que resuelva todas las incógnitas, o uno abierto, que deje alguna pregunta sin responder. Puedes hacer que toda la historia se dirija hacia un final de forma inevitable (desde un punto de vista retrosprectivo) o sacarte un as de la manga y dar una irritante sorpresa al final. Tu final puede ser bueno o malo, delicado y tranquilo o sangrante como un hachazo. Pero por mucho que lo intentes, por mucho que quieras sugerir, como hacen en las películas, que habrá una segunda parte, no puedes evitar que tu historia tenga un punto y final. Colocas un punto y final y ahí termina. Después no hay nada, el abismo, la página en blanco, la ausencia de palabras. Esto, en la realidad, jamás ocurre. Si lo parece, es tan solo porque la estructura narrativa forma parte de nuestra forma de mirar.

 

De ahora en adelante seguirás escuchando y pronunciando tú mismo el tópico de que la realidad supera a la ficción. Pero lo harás tan solo en tu vida ordinaria (o extraordinaria, no lo sé). Cuando te pongas el uniforme de escritor y estés construyendo ficción, espero que tengas bien claro que lo que estás haciendo no es registrar la realidad, sino crear una nueva con palabras. Si lo olvidas, tus edificios narrativos, por muy modestos que sean, se desplomarán de inmediato cuando tu lector suspire sobre ellos.

Tu turno:

Cuéntame cómo ves tu el contraste entre realidad y ficción. ¿Sueles escribir textos realistas? ¿Te atormenta la verosimilitud o te acabas de enterar de que existía? ¿Hay una historia real que te apetezca contar? Estoy deseando leerte y saber más de ti, anímate y déjame un comentario, así sabré que hay personas reales leyendo lo que escribo.

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11 Comentarios
  • Tetéw
    Publicado a las 02:56h, 28 mayo Responder

    Hola, en la praxis de mi tesis tengo que realizar cuentos, he pensado en escribir cuentos cortos pero primero quiero empaparme de información y generar hábitos del proceso creativo, Tus textos me parecen sólidos y me esta agradando leerte, Saludos desde Huatulco.

  • Ameli dalais
    Publicado a las 23:04h, 11 abril Responder

    Qué bueno tus concejos muchas gracias

    • Sara Suberviola
      Publicado a las 07:55h, 14 abril Responder

      Me alegro de que te sirvan, Ameli 🙂 Gracias a ti por escribir, un besote.

  • Enrique
    Publicado a las 14:44h, 08 abril Responder

    Hola Sara me ha surgido una duda. Puedo utilizar un narrador omnisciente en primera persona para el protagonista y también para el asesino para el antagonista.?

    • Sara Suberviola
      Publicado a las 08:53h, 11 abril Responder

      Hola, Enrique. En principio el narrador o es omnisciente o es en primera persona. Puede ser las dos cosas si el narrador es una especie de Dios o algo así, pero imagino que no es tu caso. Lo que sí puedes hacer es utilizar un narrador externo, hasta cierto punto omnisciente, pero que según lo que esté contando adopta un punto de vista muy cercano a un determinado personaje. En este caso sí puedes alternar entre el protagonista y el antagonista, pero marcando bien las diferencias. Quiero decir que no hagas una frase o un párrafo desde un punto de vista y al siguiente desde el otro, porque confundirías al lector, pero sí puedes cambiar el punto de vista de un personaje a otro en distintos capítulos, por ejemplo. Espero haberte ayudado, si no te he entendido bien dímelo. Un abrazo.

  • Laura Lacarra Lanz
    Publicado a las 20:36h, 07 abril Responder

    Hola Sara,
    ¡Cuanto tiempo!, ¿Qué ha pasado? Pues que he estado sumergida en la cruda realidad.
    He necesitado dos semanas largas para que me picara el gusanillo de escribir. He necesitado un vaciamiento de lo cotidiano para volver al mundo de la imaginación. Entonces he abierto tus jugosos correos (lo confieso, estaban sin abrir) y ¡enhorabuena! me he enterado de que eres madre, ¡bienvenida al club!
    Después he abierto mi carpeta de relatos para ver si me animaba y ¡qué sorpresa! rescato un antiguo borrador que viene al pelo con lo que vivimos hoy.
    Se trata de un pueblo que sufre una extraña epidemia, extraña y poco verosímil, pero creo que está bien tratada en cuanto a la coherencia interna del relato. Además tiene agilidad y gracia y un fondo de cohesión social.
    Sinceramente, aunque suene a auto alabanza, creo que vale la pena trabajar en ello. Hay que tener fe en una misma ¿no?
    Gracias por todos tus consejos, trucos y ánimos.
    Son muy valiosos para quienes tenemos en la escritura un vehículo para volar más allá de las paredes en las que estamos, ahora mismo, encerradas.
    Un abrazo,
    Laura

    • Sara Suberviola
      Publicado a las 08:31h, 08 abril Responder

      ¡Hola, Laura! Qué ilusión saber de nuevo de ti. Sí, ya soy mami 🙂 Todavía me estoy adaptando a este nuevo rol pero ¿sabes qué? me está resultando muy inspirador, también a nivel literario.
      Conociéndote por mis cursos, estoy segura de que sí, de que merece mucho la pena tu historia. Claro que hay que tener fe, yo tengo mucha puesta en ti, siempre me han encantado tus historias.
      Gracias a ti por tu comentario, no sabes cuánto me alegra saber que mis consejos sirven para daros ánimos y un empujoncillo de libertad.
      Un beso enorme

  • María
    Publicado a las 15:57h, 07 abril Responder

    Hoy tu newsletter me hizo bien, especialmente, al saber que aun hay personas que no han dejado de hacer lo que los apasiona en medio de la pandemia. Soy escritora, amante de letras e historias. Pero, yo esribo de comida. Acá de te dejo el link de mi blog: https://elblogdemariasilvia.wordpress.com/

    Saludos desde Ecuador,

    María

    • Sara Suberviola
      Publicado a las 08:21h, 08 abril Responder

      ¡Hola, María! Qué alegría saber que mi email te ha hecho bien, muchas gracias por contármelo, me da mucho gustito recibir vuestras respuestas. ¿Sabes qué? La comida es una de mis grandes pasiones, yo también he escrito bastante sobre este tema. Aunque veo que tu blog va más allá de la comida, tu titular de las cejas del barista me ha parecido irresistible y se ha llevado mi clic. Ojalá que mis consejos te sirvan para seguir escribiendo.
      Un beso

  • Isabel
    Publicado a las 15:32h, 07 abril Responder

    Me encantaría ponerme el uniforme de escritora estos días, porque sí que la cabeza anda rondando historias constantemente al hilo de todo lo que nos acontece.
    Me parecen muy útiles las pautas para escribir.
    Gracias por compartir

    • Sara Suberviola
      Publicado a las 08:12h, 08 abril Responder

      Gracias a ti por responder, Isabel. Claro que sí, plántate el uniforme y suelta todos esos pajarillos atrapados en tu mente, os vendrá bien (a tus historias y a ti) un poco de libertad creativa. Un fuerte abrazo.

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